#VidaUniversitaria (1957). Símbolo de amor maternal un monumento emplazado en la Universidad

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¿Sabías que el enigmático y modesto monumento ubicado al fondo de la actual Facultad de Física, esconde una triste y bella historia de amor maternal, desconocida por la mayoría de los que asistimos casi a diario a la colina universitaria?

 Ya sea por su aspecto de “cosa abandonada” y sin gran valor, golpeada por el tiempo e incompleta, faltándole la parte de la insignia que lo remataba y habiendo quedado solamente algo así como un inmenso huevo estilizado, se levanta este extraño monumento que llama la atención no solo a los que concurrimos a la colina sino también a los transeúntes de la calle San Rafael exactamente frente al Estadio Universitario donde se encuentra ubicado el monumento que nos ocupa. Es así que un periodista o colaborador de Vida Universitaria del año 1957 motivado y curioso fue tras la historia que nos revela el trasfondo de este monumento que hoy forma parte del Patrimonio Universitario.

En un extenso artículo y tras un lenguaje rebuscado, propio de la época, en donde no se dejan de mencionar figuras y personalidades y donde no falta la sintaxis compleja que hace que por momentos se pierda la historia, supimos como el periodista realizó incontables exploraciones por la cual nos enteramos de que el monumento en cuestión, fue trasladado desde Matanzas (el hato de Canimar) hasta el lugar que hoy ocupa.  

El monumento es una lápida dedicada a la “piedad, la virtud y los principios morales” de Doña María Josefa Adelaida Dalande Dalcour, nacida en Nueva Orleans el 16 de diciembre de 1776 y fallecida en Canímar (Matanzas) el 15 de junio de 1817 y a su hijo fallecido el 8 de enero de 1816 en este mismo lugar.

Por la  forma en  que aparece redactada la inscripción y que dicho sea de paso no se lee, debido al paso del tiempo y al descuido  pero, gracias a  la minuciosa investigación del colaborador, sabemos que se trata de una lamentable tragedia familiar que sucedió  cuando Doña María Josefa Adelaida se traslada al antiguo “hato de Canimar” en la provincia de Matanzas con la esperanza de que su hijo de 9 años recuperara la salud a través de los recomendados “cambios de aire” de la época, pero,  desdichadamente el niño fallece en sus brazos poco tiempo después.

 Desde aquel momento Doña Josefa a pesar de contar con solo 41 años de edad considera que su vida carece de sentido y es así como la tristeza que la invade, gana terreno y el esposo ante este deterioro emocional, trata de hacerla regresar a Nueva Orleans, mientras que ella se niega rotundamente enfermando de tuberculosis y fallece el 15 de junio de 1817.

El esposo ante esta dura realidad, piensa en como honrar la muerte de sus dos seres más queridos y manda a erigir el monumento a la memoria de ambos, en el centro mismo de la propiedad, para que sirviera así de orientación a todos los sentidos de la propiedad y a la vez como un símbolo del amor maternal a futuras generaciones.

Posteriormente especialistas conocedores de las prácticas de los egipcios coincidieron que quienes lo levantaron eran buenos en la materia ya que fueron precisos con el epitafio dando al sol naciente y las demás caras también con toda precisión al norte, sur, este y oeste de la propiedad y así se hizo constar con letras esculpidas: “Punto central del hato de Canimar” que abarca dos leguas, distante 11 kilómetros de Matanzas “.

La obra finalmente fue destruida y la parte que ahora figura en su cima estuvo caída en el suelo durante mucho tiempo y conmovedor fue que al separar una de las grandes piedras y abrirse un profundo hueco en la tierra  vieron los ingenieros, entre ellos el Profesor Manuel Copado (preciso es destacar que antiguamente este lugar fue la Facultad de Ingeniería y Arquitectura hoy facultad de Física)  que algo brillaba en la oscuridad se trataba de una caja de plomo que contenía unos papeles que la humedad y el tiempo dejaron inutilizados por lo que no se pudo conocer su contenido y solo se recuperaron unos escapularios bordados en oro.

Fue así como gracias al entonces profesor e ingeniero Manuel Copado Hernández, al ingeniero Sergio Berea y a los actuales propietarios del antiguo hato y que la marca central del mismo se encontraba  en la universidad como importante pieza,  marca de los antiguos hatos y a ello contribuyeron el entonces Rector, doctor Rodolfo Méndez Peñate y a Isauro Valdés quien dirigía en 1940  el negociado de Proyectos y Obras.

De esta manera y con este conocimiento se enriquece la apreciación de este bello monumento que como tantos otros hacen de nuestra vida en la colina universitaria un lugar favorito para lo que trabajamos, estudiamos y visitamos nuestra insigne Universidad de La Habana. Bueno y recomendable sería poner o enmarcar una síntesis de la procedencia e historia de este hermoso monumento que forma parte del ambiente patrimonial que se respira en la colina universitaria.  

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